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jueves, 27 de diciembre de 2007

Dedicado a los solteros y solteras

(solo recortado de la Revista original, edición simbolizada por los puntos suspensivos: “…”)

Recientemente me han contado la historia de un amigo que, para socializar, acostumbra fabricarse exitosos noviazgos. No es que finja con insistencia una relación amorosa: la tiene de reserva para aquellas reuniones donde la invitación viene con una formalidad: estar levemente casado.

Dice Charles Wright Mills que las elites, cualesquiera que sean, tienden a vincularse para obtener beneficios mutuos, y en la vida cotidiana de los vecindarios, las celebraciones y las amistades este grupo de poder lo conforman los matrimonios.

Conforme pasan los años, las promesas adolescentes de reunión perpetua malogran en una red social compleja donde los solteros comienzan a experimentar incomodidades. Aparecen las bodas, los bautizos, los ritos de compadrazgo, las piñatas.

Hay una especie de complicidad diplomática en la condición de casado que excluye al soltero o lo presiona a formalizar sus relaciones. Porque el supuesto es de que se trata de un club con múltiples privilegios, entre ellos el de aparecer en la lista de las celebraciones especiales, de compartir entre familias.

El soltero enrarece en su condición de inconsistente con su edad (pobre), de amigo incómodo que envejece sin hijos (pobre), de visitante que habla de las parrandas sin chamacos, de las juergas sin monotonía (pobre). El soltero está solo (malo)…

Por ello el juego sucio de este amigo de activar una pareja cada vez que lo invitan a cierto club selecto de los casados: se inventa una historia, pasa por estable, compadrea con fortuna.

Sumergidos en esta fachada de privilegiados cumpliendo el esquema de normalidad social, ciertos grupos de parejas homoeróticas que conozco excluye de sus celebraciones a los quién-sabe-por-qué-no-han-podido. Ante su propio autoengaño, ellos han logrado un status que puede verse en peligro si llega algún soltero a quebrantar la estabilidad de las parejas. Porque en el grupo todos son fieles, aunque todos sabemos que les gustan los tríos.

Porque todas las parejas son por entero estables, aunque abunden numerosas historias de sus cuernos y sus flagelaciones. Sé de una pareja que declara que no ha tenido relaciones por años y cada uno se satisface en diferentes entrepiernas: les gusta el disimulo y han conseguido una prodigiosa década de matrimonio sin tocar el tema. Pero es el soltero el de la poca moral, el insidioso, el disponible, el que busca arruinar su relación legítima. Para protegerse, el grupo los excluye.
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En estos entornos de simulacros constantes, los más vinculados con la compostura y el adorno, la decencia imaginaria que parece aportar el matrimonio parece ser una de las razones que explica numerosos enlaces nupciales.

Confundimos amor con sexo y sexo con matrimonio y matrimonio con amor. Para algunos es difícil separarlos y se embarcan en quimeras donde el engreimiento de sus expectativas enceguece el diálogo y la honestidad primigenios en cada relación. Y tienes ahí a la recién casada virgen que en la noche de bodas se asquea sin remedio de la entrepierna del esposo.



Tan asumido el esquema que piensas que la consecución del amor es el establecimiento de la relación formal o el trágico lamento de la pérdida. Necesitas casarte porque es una salida. Es que no quiero que la gente hable. Es que el niño necesita un padre. Es que te puede dar su apellido. Es que nadie te va a respetar sin un hombre. Es que necesito quién me mantenga. Es que ahora soy una perfecta, legítima, venerada y apropiada mujer casada.

Confunden estar casados con ser casados: la situación con la esencia. Piensan que el matrimonio, o debe cambiarlos para bien, o tendrá que cambiarlos para bien. La decencia, según el diccionario, está relacionada con el aseo, el recato, la honestidad, la modestia y la dignidad. También implica la calidad de la persona, pero eso parece un formulismo difícil de medir.

De aquí la ingenuidad de que solo los casados y heterosexuales pueden adoptar, obtener ciertos trabajos, conseguir determinados préstamos.

Este prejuicio de estabilidad moral excluye al soltero que, por simple condición, puede volatizarse en cualquier momento, ceder a las tentaciones más rápido. Luego vemos que no es así. Que los que más se autoengañan son los casados. Después despiertan y salen del closet, le abren la puerta al repartidor del agua, se entrepiernan con las alumnas, ya no se aguantan los hedores. El problema no es lo que hacen: es que no lo avisan.

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La imagen estereotipada del matrimonio, toda su promesa de estabilidad y refugio, parece que ya no convence. “El amor es un castigo, escribió Marguerite Yourcenar, somos castigados por no haber podido quedarnos solos”.

Algunos se aguantan por la dependencia, la costumbre, la creencia en una sola vida, la aceptación del humillante destino, incluso por amor. Los menos, los que respeto, lo hablan y negocian: más, un poco más, ya no más. No niego que el discurso oficial, incluso honesto, de un buen número de matrimonios se vincule con la idea del amor. Es parte de las reglas del juego.

Parece la consecución lógica de una serie de confluencias del esquema de la pasión amorosa occidental: el descubrimiento de la persona amada, generalmente una desconocida; la atracción física y espiritual; los obstáculos que se interponen; la búsqueda de la reciprocidad; el acto de elegir una persona entre las que nos rodean.

En medio del encantamiento, los servicios y las pruebas de amor, el deseo de exclusividad, te ves como pretendiente, suplicante, finalmente aceptado. En medio de esta dinámica sueles casarte. La mayoría despierta del ensueño en algún momento. No hay que olvidar que los primeros matrimonios eran más un asunto de negocio y alianzas que una consecuencia de la reciprocidad amorosa…

Como afirma Simone de Beauvoir en El segundo sexo, “Lo que da valor a tales relaciones es la verdad que suponen”. pero sólo se trata de un supuesto válido por un autoengaño y la promoción de sus ventajas como estado ideal. También puede interpretarse como una expresión simbólica de un conflicto psíquico (qué extraño, así se define la neurosis).

“Buscamos llenar el vacío de nuestra individualidad -anotó Lawrence Durrel-, y por un breve momento disfrutamos de la ilusión de estar completos. Pero es sólo una ilusión: el amor une y después divide“.

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El amor postmoderno se define por su carga de soledad, la continua sensación de vacío e insatisfacción completa en nuestras relaciones. Nuestro doble discurso sobre la fidelidad, también nuestro aferramiento al esquema monogámico-dogmático, parece entorpecer el progreso de una representación más sensata acerca de las relaciones amorosas formales.

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…una de las alternativas de moda a la hipócrita o autoengañada monogamia del matrimonio tradicional la proponen los poliamores…

La posición de los poliamores exije un positivo manejo de los celos, verdadera comunión de los afectos, una comunicación franca de las necesidades de la pareja, pero también busca, por supuesto, superar un patrón de amor occidental interiorizado durante cientos de años.

Recientemente apareció en La Jornada un artículo que desarrolla la perspectiva de los poliamores. Incluye resultados preliminares de una encuesta realizada por el Instituto Mexicano de Sexología aplicada a parejas mexicanas no mayores de 40 años: 66 por ciento de los hombres y 27 de las mujeres han sido infieles, lo que parece apoyar la tesis de la depresión monógama.

Para uno de los seguidores de esta postura, “Esto del poliamor es como ser padre de familia: cuando nace tu primer hijo lo cuidas y amas desmedidamente. ¿Qué pasa cuando nace el segundo? No dejas de amar al primero, al contrario, empiezas a amarlo también. Ese es el mejor ejemplo de la capacidad de amar que tenemos los seres humanos”.
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Pero soy en realidad un practicante convencido de la monogamia consecutiva. Una a la vez, hasta que se agote cada historia. Dejé ya de torturarme con las posibilidades del nunca te dejaré y el para siempre. Me parece una aberración una promesa a largo plazo que a todas luces es una promesa miope.

Comienza a parecerme una falta de respeto el prometer sobre mis emociones. Acostumbrado a las pérdidas y a los nuevo arribos, parece más sensato conjugar sólo en presente. La intensidad amorosa estirada hacia el futuro se diluye en agobio y desolaciones: me dedico al instante, tal vez como vana estrategia para que esta relación actual se extienda lo más posible. (FIN)

Por Juan Pedro Delgado -Vostok Magazine-

Título original: “Simulacro y decencia”

(Dedicado a los SOLTEROS-AS… [Nota del Lic. Torres])

Editado por: Lic. Torres

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